Antonio Mora Vélez
Tales hombres tienen en común la prepotencia y la soberbia. Se creen dueños del mundo y con el suficiente poder para no permitir que alguien les diga lo que ellos no quieren oír, que generalmente es lo que le conviene a los demás. Para este ser, genéticamente anclado en el Homo Hábilis, el único habilidoso y capaz es él, y por ello odia a los intelectuales que manejan la razón y piensan mejor que él. Y dada su cercanía mayor con nuestros antepasados primates, cuando habla con rabia despotrica, se enfurece, gruñe y gesticula como un tití. Y no por parecer un Homo Hábilis se puede decir que carece de talento, no. Sí lo tiene, pero por desgracia, casi siempre lo utiliza para la maldad.
Igual que sus antepasados los simios: ágiles manipuladores de cosas, este tipo de hombre que llamaremos perverso, se caracteriza por pretender manipular a los demás hombres como si fueran cosas. Para él sus amigos no son seres humanos sino cuerpos biológicos, cosas, que pueden ser manipuladas según sus conveniencias. La amistad es sinónima de sumisión y está determinada por sus ambiciones e intereses. Es amigo el que le sirve y le obedece; los demás, los que se enfrentan a él y lo cuestionan, no. Esos pasan a ser sus enemigos. El hombre perverso no respeta el derecho a la diferencia y es, por ello, generador permanente de discordia, de división y de violencia.
A diferencia del Homo Sapiens Sapiens, que aspira siempre a construir, incluso en la adversidad; el hombre perverso hace de la destrucción su emblema, sobre todo cuando pierde el poder y no puede manejar a los demás a su antojo. En estas circunstancias pierde la serenidad, se transforma en el animal que lleva por dentro y se vuelve frenético y peligroso, y dado que considera a sus semejantes cosas que se pueden apartar si estorban, puede llegar incluso hasta el crimen y contravenir su parentesco. Y digo esto último porque el hombre, el perverso, por supuesto, es el animal más cruel de la creación y porque los Homos Hábilis, valga la aclaración científica, no mataban a sus semejantes, y fue por esto y en esto, mejor que su sucesor: el hombre perverso.
En Colombia hay millones de hombres perversos y la causa es el estado de postración moral del país, el abandono de los valores de fraternidad, solidaridad, respeto por el otro, y el haber convertido el poder y el dinero en las herramientas de la felicidad. Una sociedad basada en el tener y no en el Ser, que ha invertido los valores humanos y que premia a los farsantes, a los desfalcadores, a los pícaros, a los indolentes, a los ambiciosos, a los oportunistas, a los egoístas y a los bandidos que laceran el rostro de la Patria con sus actos, no puede generar sino hombres perversos. La perversidad es la tabla de salvación de los mediocres, de los arribistas, de los vividores, de los que no quieren vivir como seres humanos: brindando amor y buscando la realización personal en un ambiente de solidaridad, sin tener que pasar por encima de los demás. Y aunque hay quienes dicen que siempre habrá hombres perversos, yo creo que algún día podremos cantarle a la hermandad humana y decir que todos estamos comprometidos en la construcción de la felicidad, y en convertir la obra del hombre en más espiritual, más racional y más hermosa.
Aclaración: Este artículo es una generalización basada en el estudio del comportamiento de varios hombres perversos que he conocido.

